Antes del lenguaje
Antes de las palabras,
estaban las manos.
Las caricias suaves.
El calor del contacto
deslizándose
en un roce inesperado.
Manos que buscaban
no para decir,
sino para estar.
Una mano era suficiente
para acercarnos.
Para decir
estoy aquí
sin necesidad de nombrarlo.
Un gesto que se sentía.
Sin palabras.
Era un gesto imperfecto,
pero lleno de sentido.
El movimiento lento
de alguien que busca
sin hablar.
Un deseo
deslizándose
en cada contacto.
La piel con piel
no necesitaba explicaciones.
Y, aun así,
contaba historias.
Era suficiente.
Un lenguaje propio
que no necesitaba voz.
El cuerpo aprendió ahí.
En la caricia.
En el abrazo que permanece.
Antes de que existiera
una palabra
para el amor.
Ya sabíamos
lo que era sentir.
Lo que era
estar presentes.
Un instante de conexión.
Un susurro de intimidad.
Un eco
en el silencio.