La permanencia
El cuerpo seguía ahí.
No como antes.
No como durante.
Sino después.
No había vacío.
Tampoco plenitud.
Había una forma distinta de estar en la piel,
como si algo se hubiera acomodado sin pedir permiso.
Nada reclamaba atención.
Nada empujaba hacia adelante.
El cuerpo respiraba en silencio,
ocupando su lugar con una calma nueva.
No era el recuerdo exacto del gesto
ni la imagen precisa del contacto.
Era otra cosa.
Más sutil.
Más difícil de nombrar.
Una presencia leve.
Un eco que no hacía ruido.
Algo que no se fue del todo
y tampoco necesitaba quedarse.
El cuerpo no insistía.
No buscaba repetir.
Simplemente sabía.
Sabía que algo había pasado
porque ahora era distinto.
El silencio se sentía lleno.
La quietud no pesaba.
Tal vez ahí estaba la permanencia.
No lo que vuelve una y otra vez,
sino lo que ya no necesita hacerlo.
Lo que queda sin ocupar espacio.
Lo que acompaña sin hacerse notar.
Había una calma nueva.
No la del descanso,
sino la de saber
que algo verdadero
había dejado huella.