Sin palabras

Sin palabras

No sé en qué instante comenzó esta danza silenciosa. El cuerpo existía antes que cualquier noción, sostenido por una noche lenta y una lámpara a medio camino entre la penumbra y el esplendor. Las sombras se deslizaban suavemente por las paredes, y el aire parecía sostenerse, como si supiera que algo estaba ocurriendo ahí, sin necesidad de ser nombrado.

No había prisa ni preguntas. Solo presencia. El tiempo se volvió blando, se estiró con delicadeza y se dejó tocar, como si también él hubiera decidido descansar.

Pensé entonces en la esencia de una mano. No en una persona concreta, sino en ese gesto mínimo que sabe acercarse sin invadir, contener sin apretar, esperar sin exigir. Una mano bastaba para acortar la distancia, para decir estoy aquí sin necesidad de pronunciarlo.

Los cuerpos no buscaban entenderse, solo reconocerse. La piel reconoce antes de que la mente logre descifrar. Se acomoda en la suavidad del instante, se entrega sin preguntas, como si recordara algo antiguo, algo aprendido mucho antes de las palabras.

Había una calma extraña, una certeza suave. La sensación de que todo lo importante ya había sido dicho antes, en otro lenguaje, en otro tiempo. El contacto no explicaba ni prometía. No pedía nada. Era suficiente por sí mismo, completo en su silencio.

Tal vez por eso hay noches que no necesitan palabras. No porque falte algo, sino porque el cuerpo recuerda. Recuerda lo que siempre supo, incluso cuando la mente aún no se atreve a nombrarlo.